Bienvenida

Ventanas al Mundo

Una ventana, un ventanal, un ventiluz donde aparecen el cielo y la lluvia, y hasta un ladrillo que falta en una pared, un agujerito donde entra un rayo de luz. Todo, todo, puede ser una ventana. Con vidrios, cortinas, cartones, persianas, pero sobre todo, ojos, ojitos y miradas de esas que miran de verdad.

Cuando un chico o una nena abren una ventana, cuando un artista se asoma, puede producirse un milagro. Dicen los sabios que cuando dejamos entrar al mundo, cada cual se asombra por el afuera pero, en realidad, está dentro de uno mismo. Ensimismado, abismado por el paisaje y porque se le cruzan en la contemplación imágenes propias y recuerdos, chispas de la memoria que jamás se apagan.

Los ojos ven lo que se ve y lo que no se ve. Cuando una ventana se despereza entra el aire, el aroma de la vida, pero no de cualquier vida, de la vida de vivir juntos, los conocidos con los desconocidos. Entra o sale lo que fuimos y lo que somos, que es lo más importante, y tal vez lo que seremos. Nadie va a ser el mismo. Ni siquiera se ve lo mismo por la misma ventana. Hay ventanas que son como fotos quietas del afuera. Hay ventanas parecidas a los sueños, ventanas de vidrios que sin quererlo son espejos y disparates, absurdos temores.

Y, ¿qué pasa con lo que nos pasa? Pasa que nos pasa lo que llamamos realidad.

Pasa una señora
vestida de española.

Pasa un señor con barbijo
de la mano de su hijo.

Pasa un señor que trabaja
buscando flores en las barajas.

Pasa un muchacho haciendo delivery
que nunca sé si es más libre.

Pasa mi mamá que está con mi hermano
sonriéndome a mí y alzando las manos.

Pasan las casas volando,
porque la magia sigue andando.

Pasa un viejito con un carrito
y yo le hablo un poquito.

Pasa el cielo de otoño y a mí
no me gustan los moños.

Pasa el miedo muy atareado
con cara de amargado.

Pasan cosas que dan risa
como la calle y la brisa.

Pasa la noche estrellada
y nosotros como si nada.

Hablamos de ventana a ventana y cantamos canciones que sólo escuchan los pajaritos. Saludamos con un sombrero y es un abrazo pasajero. Viajan ventanas por todas partes, por la tierra y el agua les dan las buenas tardes. Y como nacieron con secretos, susurran que no hay adentro y afuera y que las paredes refugian pero no encarcelan si las dejamos que respiren en cuarentena.

Quédate en casa por la pandemia, pero nunca te olvides de los sueños, nunca te olvides que la calle es nuestra y que caminando se llega al río y al mar, que siempre es infinito y que sigue esperándonos y jugando a la eternidad con las estrellas fugaces.

La casa abriga en el otoño y la comida huele en la cocina. Las escuelas hablan por televisión y el tiempo es un borbotón de presentes, de soledad y preguntas.

Pero, ¿qué pasa cuándo nos pasan las cosas abriendo la ventana?

Pasará el virus
muy confundido.

Pasará el temor y el aislamiento
mirando el firmamento.

Pasará la señora oportunidad
pidiendo cambio de edad.

Pasará, la infancia muy despacito
para crecer de a poco poquito, sin compromiso.

Abrí la ventana y decime qué ves, pero qué ve tu corazón. Y ese momento tuyo decile al mundo que lo robaste para vos y pintalo, fotografialo, cambialo, abrazalo, imaginalo, distorsionalo, porque son ustedes, ustedes los musicales bebés, los valientes niñes, los adolescentes tribales colectivistas, los artistas de todas las formas de esos que hacen aparecer las cosas y las personas que son invisibles.

Y cada cosa parece lo que es, es lo que es, pero también lo que no es. Es más de lo que es y además es otra más de lo que es.

Bienvenidos. Bienvenidos a hacer que las obras y los dibujos sean mejor que esa cosa que pasa de vez en cuando y se llama desigualdad. Y para que esos cuadros y para que esos diseños sean mucho más poderosos que cualquier enfermedad.


Desde el alma,
Chiqui González